Colombia: ¿la frivolidad de la tragedia, o la tragedia de la frivolidad?
Sunday, 9 de September de 2007

Hace tan sólo unas semanas me estrellé lamentablemente con la desgraciada noticia de que en el país que me vio nacer, Colombia, una supuesta guerrilla desprestigiada, descerebrada, desmotivada, desvencijada, destartalada, desalmada, descorazonada y, a pesar de todo ello, muy bien armada, convertidos en meros guardianes del narcotráfico en formato de pistoleros y criminales a sueldo, había eliminado de cuajo mediante un auténtico aluvión de disparos apuntados valientemente hacia los cerebros y a los órganos vitales de once personas atadas e indefensas, que ejercían como concejales del Departamento del Valle, tras retenerles durante cinco años de secuestro y someterles a todo tipo de violaciones a sus Derechos Humanos -que se dice rápido-, sin mediar más palabra ni más razón que la de no cosechar el protagonismo que consideran merecer en la cotidianeidad del país al que mantienen sometido y desangrado desde hace más de setenta años, tratando de forzar y negociar la materialización de un supuesto y mal llamado “canje” de ciudadanos secuestrados ilegítimamente por su parte a cambio de otorgarles la libertad forzosa a los individuos que se les imputa todo tipo y todo color de crímenes, detenidos por las autoridades constitucionales de aquel Estado en las cárceles de aquel país en ejercicio de la soberanía que el pueblo ha confiado a sus gobernantes.
Según esto, parece cada vez más claro que mientras el Gobierno actual en Colombia no decida dar por roto el orden constitucional y el mandato legal que ha comprometido bajo juramento a cambio de la libertad de sus secuestrados, aquél rebaño de criminales y hampones no dejará de masacrar a la población que dicen representar, según puede deducirse del mensaje contundente enviado por los cañones de sus armas…
Hoy, pasados tan sólo dos meses y pocos días de publicarse la noticia de aquella matanza, los colombianos tenemos la “privilegiada” oportunidad de ver como se nos presentan a los ojos los once cuerpos descompuestos de los fallecidos al mismo tiempo que los cómplices y coristas extranjeros de la banda terrorista se alzan como los Mesías de la que es nuestra patria desde siempre y el que es nuestro conflicto desde hace siete décadas, en lo que bien podría ser un caso notorio de complicidad con la violación de los Derechos Humanos y el evidente rompimiento de los Tratados Internacionales sobre Soberanía y Conflictos Armados que, según parece, nadie se atreve a denunciar ante los Tribunales Supranacionales, la Corte Penal Internacional o el órgano burocrático de turno, títere de defensa de los derechos humanos… Nadie habla, y nadie protesta pero Colombia sigue a la deriva, esta vez con el gorila al timón.
¡Cómo hemos mejorado, camarada!
Cabe admitir que ni la cifra de muertos, ni a respuesta ciudadana consiguieron conmoverme pues tanto de lo uno, como de lo otro, ya estamos tristemente acostumbrados y vacunados los ciudadanos colombianos dado que tenemos la poca fortuna de asistir tanto a la canallada del crimen como a la insensatez de la opinión pública (¿cuál puede ser peor?). Por desgracia conocemos todas las caras del desconcierto y es, precisamente, por ello que jamás durante las próximas cuatro o cinco generaciones conozcamos a una Colombia verdaderamente hastiada del crimen pues ello, desafortunadamente, forma hoy parte de nuestra idioscincracia y lo que nos parece un crimen atroz hoy, mañana podría parecernos un reclamo legítimo por parte de un grupo de reprimidos.
Quizás no exista una comunión social con el crimen pero existe, sin lugar a dudas, una comunión con el silencio, echar la mirada hacia otro lado y un matrimonio indisoluble con la indiferencia; aunque probablemente, lo más desgarrador es que exista una frivolidad tan manifiesta que, en un país como Colombia, resulta imperdonable. Triste es reconocerlo, pero más triste es presenciarlo. Intentaré explicarlo en las siguientes líneas.
Pasados muy pocos días del atroz crimen que nos ocupa, ciertamente una violación de todos los convenios internacionales sobre conflictos armados, y tras las veinticinco mil velas de turno encendidas en la Plaza de Bolívar en el corazón de la capital del país, eso sí, patrocinadas por el operador de telefonía móvil correspondiente, aterrizó en aquel país un conocido chamán llamado a resolver todas las desgracias humanas y divinas (…al menos hasta su próxima visita) no sin mediar el jugoso cheque, puesto que sus magias, sus conjuros, sus bendiciones y sus indulgencias valían su peso en oro y él no estaba dispuesto a donarlas gratuitamente a las familias de los fallecidos ni mucho menos a la que ya es una infinidad de desplazados por causa de la violencia asumiendo que, seguramente, sus indulgencias y bendiciones serían más que suficientes para curar el dolor de los familiares de las víctimas y todo aquel inmerso en la epopeya que ahoga aquel rincón del planeta en su propia sangre.
Nadie podría quejarse por haber recibido demasiado poco ya que sus milagros y paliativos en formas de rezos y santerías de todos los tintes obrarían de forma más que satisfactoria, al menos, hasta su próxima visita. Casi tanto como infinito era el número de individuos que asistían a sus charlas y brujerías varias mientras que el país de desgarraba en esos días de dolor, como se viene desgarrando desde hace más de tres cuartos de siglo (maldita costumbre de los libros de historia y lo periódicos nacionales como extranjeros de afirmar siempre que Colombia lleva cuarenta años de guerra civil, cuando el sometimiento suma ya no menos de setenta años hasta hoy).
La cuestión es que en el día que se redactan estas líneas (2007.09.09), llevamos sólo una semana llorando el fallecimiento de diez soldados colombianos en combates con las guerrillas, o el hampa de siempre -que es lo mismo-, en la frontera que separa al Departamento del Tolima con el Departamento del Quindío y no se ve a nadie en su sano juicio que saque al aire sus veintiséis, sus veintiséis mil, o sus veintiséis millones de velas en la Plaza de Bolívar de Bogotá, ni mucho menos se llama urgentemente al chamán de turno para que salve de manera inmediata el barco de la nación antes de su inminente hundimiento ni mucho menos se le levanta una carpa-homenaje a un individuo que hace una maratón que, casi a diario, hacen miles de atletas en todo el mundo… no.
En cambio hoy contamos, al menos aparentemente, con el brillante criterio y el apoyo salvador del gorila poderoso del hemisferio capaz de casi cualquier cosa, como por ejemplo de ser el interlocutor extraoficial extranjero de una banda criminal inscrita en las agrupaciones terroristas condenadas por igual tanto por la Organización de las Naciones Unidas como por la Unión Europea. Y nadie dice nada, ni se ven personas caminando cientos de kilómetros, ni se ve una sola vela en las calles colombianas… ni una sola denuncia ante las Cortes Penales Internacionales. Eso sí: todo el mundo haciendole el coro al gorila disfrazado, esperando de él las indulgencias que ni el chamán ni el caminante infinito pudieron otorgar…
Hoy en Colombia no merece la pena reclamo alguno, protesta, denuncia, rebelión, asonada, revuelta ni mucho menos. Hoy es un día de silencio y de indiferencia. Otro día de entrega de cuerpos y de lágrimas de sus familiares mientras la sociedad sigue esperando a que termine rápidamente para que mañana vuelva a empezar el ruido normal como si la noche actuase de bálsamo amnésico en la consciencia colectiva. Y la banda de asesinos: a lo suyo. Mientras que el resto de la población, también; a lo suyo. Todos a lo suyo… ¿y lo demás? ¡Bueh! Malos pensamientos.
¿A quién importa?
Eso sí: “que no mueran los once, doce, trece, o catorce concejales, corruptos y no corruptos, del Valle, ya que el día de mañana podrían ayudarme a salir adelante o a sacar adelante al hijo fracasado que tengo encerrado en casa, porque entonces me veré obligado a salir a la calle y clavar veintiséis mil velas en el parque de turno mientras que llega el chamán a darme la bendición, el caminante a darme su mano redentora y el gorila a otorgarme la ansiada paz que sólo él puede darme. Soy tan bueno que me la merezco. Sin duda.”
Las lágrimas no permiten seguir escribiendo; y tampoco merece la pena… Ojala descansen en paz los humillados y asesinados en manos de la pandilla de interdictos, y que recuperen el sosiego los vivos cuanto antes como los secuestrados su libertad de inmediato.
Espero ver mañana, pasado mañana o en algún momento de esta semana o lo que queda del mes que comienza al menos una, o dos, o cuatro o seis velas en los periódicos. No hacen falta veintiséis ni veintiséis mil, un chamán o un gorila rojo. Si no las viera, estaré obligado a darlo todo por perdido de forma irresoluble.
Estaré pendiente, para mi tristeza. :(

Hace tan sólo unas semanas me estrellé lamentablemente con la desgraciada noticia de que en el país que me vio nacer, Colombia, una supuesta guerrilla desprestigiada, descerebrada, desmotivada, desvencijada, destartalada, desalmada, descorazonada y, a pesar de todo ello, muy bien armada, convertidos en meros guardianes del narcotráfico en formato de pistoleros y criminales a sueldo, había eliminado de cuajo mediante un auténtico aluvión de disparos apuntados valientemente hacia los cerebros y a los órganos vitales de once personas atadas e indefensas, que ejercían como concejales del Departamento del Valle, tras retenerles durante cinco años de secuestro y someterles a todo tipo de violaciones a sus Derechos Humanos -que se dice rápido-, sin mediar más palabra ni más razón que la de no cosechar el protagonismo que consideran merecer en la cotidianeidad del país al que mantienen sometido y desangrado desde hace más de setenta años, tratando de forzar y negociar la materialización de un supuesto y mal llamado “canje” de ciudadanos secuestrados ilegítimamente por su parte a cambio de otorgarles la libertad forzosa a los individuos que se les imputa todo tipo y todo color de crímenes, detenidos por las autoridades constitucionales de aquel Estado en las cárceles de aquel país en ejercicio de la soberanía que el pueblo ha confiado a sus gobernantes.
Según esto, parece cada vez más claro que mientras el Gobierno actual en Colombia no decida dar por roto el orden constitucional y el mandato legal que ha comprometido bajo juramento a cambio de la libertad de sus secuestrados, aquél rebaño de criminales y hampones no dejará de masacrar a la población que dicen representar, según puede deducirse del mensaje contundente enviado por los cañones de sus armas…
Hoy, pasados tan sólo dos meses y pocos días de publicarse la noticia de aquella matanza, los colombianos tenemos la “privilegiada” oportunidad de ver como se nos presentan a los ojos los once cuerpos descompuestos de los fallecidos al mismo tiempo que los cómplices y coristas extranjeros de la banda terrorista se alzan como los Mesías de la que es nuestra patria desde siempre y el que es nuestro conflicto desde hace siete décadas, en lo que bien podría ser un caso notorio de complicidad con la violación de los Derechos Humanos y el evidente rompimiento de los Tratados Internacionales sobre Soberanía y Conflictos Armados que, según parece, nadie se atreve a denunciar ante los Tribunales Supranacionales, la Corte Penal Internacional o el órgano burocrático de turno, títere de defensa de los derechos humanos… Nadie habla, y nadie protesta pero Colombia sigue a la deriva, esta vez con el gorila al timón.
¡Cómo hemos mejorado, camarada!
Cabe admitir que ni la cifra de muertos, ni a respuesta ciudadana consiguieron conmoverme pues tanto de lo uno, como de lo otro, ya estamos tristemente acostumbrados y vacunados los ciudadanos colombianos dado que tenemos la poca fortuna de asistir tanto a la canallada del crimen como a la insensatez de la opinión pública (¿cuál puede ser peor?). Por desgracia conocemos todas las caras del desconcierto y es, precisamente, por ello que jamás durante las próximas cuatro o cinco generaciones conozcamos a una Colombia verdaderamente hastiada del crimen pues ello, desafortunadamente, forma hoy parte de nuestra idioscincracia y lo que nos parece un crimen atroz hoy, mañana podría parecernos un reclamo legítimo por parte de un grupo de reprimidos.
Quizás no exista una comunión social con el crimen pero existe, sin lugar a dudas, una comunión con el silencio, echar la mirada hacia otro lado y un matrimonio indisoluble con la indiferencia; aunque probablemente, lo más desgarrador es que exista una frivolidad tan manifiesta que, en un país como Colombia, resulta imperdonable. Triste es reconocerlo, pero más triste es presenciarlo. Intentaré explicarlo en las siguientes líneas.
Pasados muy pocos días del atroz crimen que nos ocupa, ciertamente una violación de todos los convenios internacionales sobre conflictos armados, y tras las veinticinco mil velas de turno encendidas en la Plaza de Bolívar en el corazón de la capital del país, eso sí, patrocinadas por el operador de telefonía móvil correspondiente, aterrizó en aquel país un conocido chamán llamado a resolver todas las desgracias humanas y divinas (…al menos hasta su próxima visita) no sin mediar el jugoso cheque, puesto que sus magias, sus conjuros, sus bendiciones y sus indulgencias valían su peso en oro y él no estaba dispuesto a donarlas gratuitamente a las familias de los fallecidos ni mucho menos a la que ya es una infinidad de desplazados por causa de la violencia asumiendo que, seguramente, sus indulgencias y bendiciones serían más que suficientes para curar el dolor de los familiares de las víctimas y todo aquel inmerso en la epopeya que ahoga aquel rincón del planeta en su propia sangre.
Nadie podría quejarse por haber recibido demasiado poco ya que sus milagros y paliativos en formas de rezos y santerías de todos los tintes obrarían de forma más que satisfactoria, al menos, hasta su próxima visita. Casi tanto como infinito era el número de individuos que asistían a sus charlas y brujerías varias mientras que el país de desgarraba en esos días de dolor, como se viene desgarrando desde hace más de tres cuartos de siglo (maldita costumbre de los libros de historia y lo periódicos nacionales como extranjeros de afirmar siempre que Colombia lleva cuarenta años de guerra civil, cuando el sometimiento suma ya no menos de setenta años hasta hoy).
La cuestión es que en el día que se redactan estas líneas (2007.09.09), llevamos sólo una semana llorando el fallecimiento de diez soldados colombianos en combates con las guerrillas, o el hampa de siempre -que es lo mismo-, en la frontera que separa al Departamento del Tolima con el Departamento del Quindío y no se ve a nadie en su sano juicio que saque al aire sus veintiséis, sus veintiséis mil, o sus veintiséis millones de velas en la Plaza de Bolívar de Bogotá, ni mucho menos se llama urgentemente al chamán de turno para que salve de manera inmediata el barco de la nación antes de su inminente hundimiento ni mucho menos se le levanta una carpa-homenaje a un individuo que hace una maratón que, casi a diario, hacen miles de atletas en todo el mundo… no.
En cambio hoy contamos, al menos aparentemente, con el brillante criterio y el apoyo salvador del gorila poderoso del hemisferio capaz de casi cualquier cosa, como por ejemplo de ser el interlocutor extraoficial extranjero de una banda criminal inscrita en las agrupaciones terroristas condenadas por igual tanto por la Organización de las Naciones Unidas como por la Unión Europea. Y nadie dice nada, ni se ven personas caminando cientos de kilómetros, ni se ve una sola vela en las calles colombianas… ni una sola denuncia ante las Cortes Penales Internacionales. Eso sí: todo el mundo haciendole el coro al gorila disfrazado, esperando de él las indulgencias que ni el chamán ni el caminante infinito pudieron otorgar…
Hoy en Colombia no merece la pena reclamo alguno, protesta, denuncia, rebelión, asonada, revuelta ni mucho menos. Hoy es un día de silencio y de indiferencia. Otro día de entrega de cuerpos y de lágrimas de sus familiares mientras la sociedad sigue esperando a que termine rápidamente para que mañana vuelva a empezar el ruido normal como si la noche actuase de bálsamo amnésico en la consciencia colectiva. Y la banda de asesinos: a lo suyo. Mientras que el resto de la población, también; a lo suyo. Todos a lo suyo… ¿y lo demás? ¡Bueh! Malos pensamientos.
¿A quién importa?
Eso sí: “que no mueran los once, doce, trece, o catorce concejales, corruptos y no corruptos, del Valle, ya que el día de mañana podrían ayudarme a salir adelante o a sacar adelante al hijo fracasado que tengo encerrado en casa, porque entonces me veré obligado a salir a la calle y clavar veintiséis mil velas en el parque de turno mientras que llega el chamán a darme la bendición, el caminante a darme su mano redentora y el gorila a otorgarme la ansiada paz que sólo él puede darme. Soy tan bueno que me la merezco. Sin duda.”
Las lágrimas no permiten seguir escribiendo; y tampoco merece la pena… Ojala descansen en paz los humillados y asesinados en manos de la pandilla de interdictos, y que recuperen el sosiego los vivos cuanto antes como los secuestrados su libertad de inmediato.
Espero ver mañana, pasado mañana o en algún momento de esta semana o lo que queda del mes que comienza al menos una, o dos, o cuatro o seis velas en los periódicos. No hacen falta veintiséis ni veintiséis mil, un chamán o un gorila rojo. Si no las viera, estaré obligado a darlo todo por perdido de forma irresoluble.
Estaré pendiente, para mi tristeza. :(
