
Según parece, el ser "verde" o presumir de "ambientalista" cotiza a la baja y va consolidándose, cada día que pasa, más como el resultado del ejercicio continuado del sentido común, antes que el equivocado agit-prop ecologista que todavía se empeñan en vendernos algunos marginales afanados por disfrutar cuanto antes de sus 15 minutos de fama, al tenor de lo demostrado por el interesante análisis que nos brinda la revista WIRED, firmado impecablemente el 19 de Mayo de 2008: «Inconvenient Truths: Get Ready to Rethink What It Means to Be Green». Algo que, por otro lado, ya se venía asegurando estoicamente por algunos outsiders del dogma de fe del cambio climático, incluyendo al mismo Patrick Moore, miembro co-fundador de Greenpeace y una de las voces más críticas que se ha alzado en los últimos años contra la propaganda para la que se utilizan dicha Organización y el citado fenómeno medioambiental.
Básicamente las tesis sobre las que se funda aquel famoso dogma de fe, apuntan inequívocamente a que existe un cambio brusco y anormal en el comportamiento del clima durante las últimas décadas, que está siendo alimentado por la acumulación de cierto tipo de gases en la atmósfera que favorecen a su vez el llamado “efecto invernadero” (…por cierto: todas estas siguen siendo cuestiones de dudosísima veracidad, puestas en tela de juicio por nombres altamente reputados dentro del entorno científico y socioeconómico — al final, ¿qué sería de la ciencia sin la duda?) y que, además, el único culpable todopoderoso de esta tragedia sea el ser humano, o mejor dicho, la funesta consecuencia del impacto de la implantación del modelo capitalista sobre el medio ambiente. Sencillamente, todo el que piense lo contrario o formule siquiera una mínima duda a este planteamiento, puede ser considerado un blasfemo del sigo XXI y condenado a cicuta o destierro.
Si todo lo anterior fuera cierto, tajantemente, no quedaría más remedio que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por el hombre. Es decir: cambiar el establishment tal y como se viene intentando, a veces discretamente, a veces descaradamente. En este escenario la verdad parece absoluta y sin lugar a dudas: todo lo que emita poco más o poco menos CO2 deberá ser reducido a mínimos, cuando no aislado de forma definitiva sin derecho a réplica, afectando con ello la producción de las grandes (y las pequeñas) factorías, el aprovechamiento y la utilización de los recursos naturales, la ingeniería genética y el modelo de vida urbana que se ha venido perfeccionado a lo largo de los últimos siglos en las sociedades civilizadas, entre otros innegables avances.
Pues bien, ahora empiezan a aflorar voces, estudios y ensayos de la más contrastada credibilidad, que demuestran cómo no todo resulta tan absoluto como los interesados y su entorno mediático han estado repitiendo sin parar durante los últimos dos lustros, para que la farza se convierta en realidad a fuerza de repetición… otra cosa será que el famoso CO2 tenga o no tenga nada que ver con el problema, y que sea precisamente el desarrollo del hombre el único culpable; eso está todavía pendiente de confirmar.
Sencillamente, el intento por mitigar el impacto que se produce como resultado de nuestro periplo vital en el planeta que nos acoge no parece ser una cuestión de aparentar ser ecológicamente amigable con nuestro entorno para estar a la última, al uso de histéricas manifestaciones antisistema más propias de cavernícolas poseídos, o disfrazarse de gorila anti-gillete enarbolando ferozmente la lucha contra el agua y el jabón, sino que, más bien, es una cuestión de serlo día tras día, poniendo en práctica pequeñas acciones al alcance de todos en el mundo real y apoyando planteamientos socioeconómicos sostenibles, que algunos todavía insisten en tachar de perjudiciales cuando cada día que pasa pierden un poco más de su obstinada razón… o sinrazón.
Algo para lo cual las corrientes del pensamiento dogmático más radical no están preparadas. Nosotros, los demás, afortunadamente llevamos ya varios años de ventaja ;)