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Digital Strangelove (or How I Learned To Stop Worrying And Love The Internet)
Saturday, 31 de October de 2009
WIRED Magazine:
« Inconvenient Truths: Get Ready to Rethink What It Means to Be Green »
Wednesday, 18 de June de 2008
Según parece, el ser "verde" o presumir de "ambientalista" cotiza a la baja y va consolidándose, cada día que pasa, más como el resultado del ejercicio continuado del sentido común, antes que el equivocado agit-prop ecologista que todavía se empeñan en vendernos algunos marginales afanados por disfrutar cuanto antes de sus 15 minutos de fama, al tenor de lo demostrado por el interesante análisis que nos brinda la revista WIRED, firmado impecablemente el 19 de Mayo de 2008: «Inconvenient Truths: Get Ready to Rethink What It Means to Be Green». Algo que, por otro lado, ya se venía asegurando estoicamente por algunos outsiders del dogma de fe del cambio climático, incluyendo al mismo Patrick Moore, miembro co-fundador de Greenpeace y una de las voces más críticas que se ha alzado en los últimos años contra la propaganda para la que se utilizan dicha Organización y el citado fenómeno medioambiental.
Básicamente las tesis sobre las que se funda aquel famoso dogma de fe, apuntan inequívocamente a que existe un cambio brusco y anormal en el comportamiento del clima durante las últimas décadas, que está siendo alimentado por la acumulación de cierto tipo de gases en la atmósfera que favorecen a su vez el llamado “efecto invernadero” (…por cierto: todas estas siguen siendo cuestiones de dudosísima veracidad, puestas en tela de juicio por nombres altamente reputados dentro del entorno científico y socioeconómico — al final, ¿qué sería de la ciencia sin la duda?) y que, además, el único culpable todopoderoso de esta tragedia sea el ser humano, o mejor dicho, la funesta consecuencia del impacto de la implantación del modelo capitalista sobre el medio ambiente. Sencillamente, todo el que piense lo contrario o formule siquiera una mínima duda a este planteamiento, puede ser considerado un blasfemo del sigo XXI y condenado a cicuta o destierro.
Si todo lo anterior fuera cierto, tajantemente, no quedaría más remedio que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por el hombre. Es decir: cambiar el establishment tal y como se viene intentando, a veces discretamente, a veces descaradamente. En este escenario la verdad parece absoluta y sin lugar a dudas: todo lo que emita poco más o poco menos CO2 deberá ser reducido a mínimos, cuando no aislado de forma definitiva sin derecho a réplica, afectando con ello la producción de las grandes (y las pequeñas) factorías, el aprovechamiento y la utilización de los recursos naturales, la ingeniería genética y el modelo de vida urbana que se ha venido perfeccionado a lo largo de los últimos siglos en las sociedades civilizadas, entre otros innegables avances.
Pues bien, ahora empiezan a aflorar voces, estudios y ensayos de la más contrastada credibilidad, que demuestran cómo no todo resulta tan absoluto como los interesados y su entorno mediático han estado repitiendo sin parar durante los últimos dos lustros, para que la farza se convierta en realidad a fuerza de repetición… otra cosa será que el famoso CO2 tenga o no tenga nada que ver con el problema, y que sea precisamente el desarrollo del hombre el único culpable; eso está todavía pendiente de confirmar.
Sencillamente, el intento por mitigar el impacto que se produce como resultado de nuestro periplo vital en el planeta que nos acoge no parece ser una cuestión de aparentar ser ecológicamente amigable con nuestro entorno para estar a la última, al uso de histéricas manifestaciones antisistema más propias de cavernícolas poseídos, o disfrazarse de gorila anti-gillete enarbolando ferozmente la lucha contra el agua y el jabón, sino que, más bien, es una cuestión de serlo día tras día, poniendo en práctica pequeñas acciones al alcance de todos en el mundo real y apoyando planteamientos socioeconómicos sostenibles, que algunos todavía insisten en tachar de perjudiciales cuando cada día que pasa pierden un poco más de su obstinada razón… o sinrazón.
Algo para lo cual las corrientes del pensamiento dogmático más radical no están preparadas. Nosotros, los demás, afortunadamente llevamos ya varios años de ventaja ;)
“It’s a shame”.
Wednesday, 2 de January de 2008
Es una vergüenza“, fueron las palabras que espetó escuetamente el señor Oliver Stone en su idioma cuando se dió por enterado (o cuando, seguramente, algún alma caritativa que se había enterado mucho antes que él, tuvo la gentileza de avisarle que no siguiera haciendo el ridículo…), del final de la patraña terrorista con la que se había obsesionado don Hugo Chávez y su extenso séquito de reputados estómagos agradecidos, quienes pretendían acabar el año 2007 brindando en el nombre de lo que hubiera sido, sin duda, el más estruendoso fracaso de la democracia y las instituciones colombianas, disfrazándole como un sonado éxito de las libertades en Latinoamérica. Decía el personaje en cuestión que la supuesta interferencia por parte del Gobierno de Colombia en la humillación, con máscara de negociación política, ante los criminales era a su juicio, simplemente, una vergüenza.
Pero probablemente no había nada más disonante con el barniz de mérito con el que se estaba almibarando toda esta pantomima, señor Stone: la genuflexión es un gesto de humildad reservado para su demostración ante las deidades, que jamás ha de convertirse en un símbolo de humillación hacia el crimen ni de sometimiento por parte de algunos ante las bajezas más primitivas de otros mortales. Ello enaltece al asesino al mismo tiempo que degrada a toda la humanidad que se precie vivir en libertad.
Lo que ha estado aconteciendo durante los últimos estertores del año 2007 en el, todavía, territorio colombiano (y sus linderos), debería parecer vergonzoso a todos quienes llevamos el pasaporte de aquella Nación, y a todos aquellos que todavía conserven siquiera una pizca de dignidad en este poluto planeta. La propaganda de la extorsión y la apología del crimen organizado a la que hemos asistido entre los días 10 de diciembre de 2007 y 1 de enero de 2008 es, como mínimo, ruborizante, reprochable y vergonzante para quienes que se precian de vivir en un entorno libre, de la misma manera que se les llena la boca al prodigarse hablando de democracia, igualdad y la justicia en occidente. Es, sin lugar a dudas, escandaloso el que un grupo narcoterrorista, con remotísimos (y hoy completamente olvidados) orígenes en el comunismo caduco de principios de siglo XX, se presente ahora como los salvadores de la Patria, en Colombia. Un país que lleva más o menos 75 años desangrándose por su propia culpa, padeciéndoles, sin que nada ni nadie haga nada por remediarlo… hasta ahora.
Suena estúpido, pero no lo es. Es Macondo: casi cualquier cosa puede pasar por ridículo que parezca. Y, aunque pareciera ridículo, tampoco lo es. Es Colombia, la cuna del realismo mágico.
Mientras la comunidad internacional ha pasado de perfil durante décadas, tratando de salvar innumerables causas perdidas —resulta paradójico, e incluso lagrimante, el hecho de que el mundo lleve ya demasiados lustros mirando a otro lado cuando se hable conflicto colombiano, pues es éste el mismo conflicto que alimenta más de las dos terceras partes del tráfico de drogas en el planeta y que, tan sólo desde 1985, arroja la estremecedora cifra de casi cien mil muertos, poco menos de seis mil desaparecidos y más de cuatro millones de desplazados por causa de cualquier forma de extorsión y violencia derivados de la desgracia que nos ocupa—, aquel país se ha estado desangrando lenta pero constantemente por la misma culpa de los que hoy aparecen en los medios del mundo entero haciendo la propaganda del “terrorismo bueno” a cambio de la instalación de un régimen pseudo-cubano en Colombia y Latinoamérica entera contando con el, tan inesperado como desafortunado, aval de nobles naciones y embaucadores de dudosa trayectoria. En definitiva, una máscara de oxígeno para un cuartel de terroristas y asesinos colombianos que casi se encontraban a punto de la rendición absoluta hace tan sólo unas pocas semanas o pocos meses, a lo sumo.
No se sabe muy bien qué resulta peor cuando se asiste a este triste episodio: si ser testigo de cómo Colombia deriva en esta vorágine desastrosa que le llevará, sin lugar a dudas, a la más profunda de sus crisis dentro de no mucho tiempo en caso de no actuar oportunamente y reencausar el curso, o si el contemplar cómo las naciones amigas y desarrolladas (o que se precian tanto de lo uno como de lo otro),
no terminan de hacer nada por denunciar, perseguir y castigar internacionalmente a los mismos criminales que llevan más de medio siglo extorsionándonos, secuestrándonos, matándonos, desplazándonos y sometiéndonos a todo tipo de vejámenes a cambio de su tranquilidad para proteger un negocio de droga, mafia y crimen muy bien organizados.
Es lamentable ver cómo un país con unos poderes elegidos y constituidos democráticamente dentro del marco constitucional, aprobado por voluntad directa del pueblo, constituyente primario en 1991, la que muy seguramente sea la democracia más sólida durante los últimos 200 años de la parte hipanoparlante del continente americano, se encuentre hoy a la merced de las bendiciones o condenas que haga públicas un grupo terrorista, un vecino dictador de iure y una corte de despojos agradecidos rescatados de la política, las artes y otras escombreras varias. Todo esto aderezado, desgraciadamente, con el dolor de los familiares de secuestrados en manos de los criminales que hoy se venden como víctimas de sus propios atropellos… Desgraciadamente en tanto ha dejado de ser un dolor íntimo y familiar para convertirse en una propaganda política que trasciende su ámbito más privado, transformándose en un asunto de Estado que favorece los intereses electoralistas de según quién convenga.
No se aprecia el que la mayor parte de las cerca de cinco mil familias afectadas por el secuestro de sus familiares a manos de los asesinos que hoy transigen con los señores Chávez, Stone y Kirchner, en algunos casos desaparecidos desde hace ya décadas, se manifiesten ni se pronuncien, ni que se pongan en contacto con el parlamentario corrupto, o el títere extranjero de turno como lo han estado haciendo durante los últimos años los familiares de reputados desaparecidos que, en vez de pensar en la nación que dicen representar y su soberanía, prefieren actuar en algunos casos sin el más mínimo pudor en nombre de sus intereses particulares, pues el día que sus familiares recuperen su libertad,
muy seguramente, optarán por el asilo político o la representación diplomática en algún país industrializado en donde poder cultivar a sus hijos en letras e idiomas, mientras que la tragedia de los que sigan secuestrados en Macondo perdurará hasta más allá del olvido.
Mientras que en Colombia hay más de cinco mil desaparecidos por causa del conflicto criminal que la azota, sólo se negocia la libertad (con suerte) de cuarenta y seis de ellos, a cambio de liberar a un número aún indeterminado de hampones, criminales, asesinos, terroristas y narcotraficantes de la más miserable calaña, plagando con ello las calles de las ciudades colombianas de sujetos que, dudosamente, habrán de reinsertarse en la misma sociedad civil a la que le apuntaban con sus armas tan sólo unos días antes… o probablemente terminen por cubrir las vacantes en las más reconocidas Universidades francesas, como se ha ofrecido recientemente por parte del gobierno galo en su plan de acogida ofrecido a Monsieur Marulanda, en alocución directa desde el Elíseo a los campamentos del crimen organizado en las selvas colombianas.
Y pasarán otros 75 años, solos…
Si señor Stone, al final va usted a tener razón: todo esto es una vergüenza.
Reflexiones políticamente incorrectas con ocasión de los Premios Nobel de la Paz y Príncipe de Asturias sobre Cooperación Internacional de 2007
Sunday, 14 de October de 2007
The Great Global Warming Swindle
Channel 4, United Kingdom – 2007
Global Warming or Global Governance?
Sovereignty International Environmental Perspectives, Inc – 2007
Exposed: the Climate of Fear
CNN Headline News – 2007
Global Warming Doomsday Called Off
CBC, Canada – 2004
The Greenhouse Conspiracy
Channel 4, United Kingdom – 1990
Parece que, según pasan los años, la mentira sigue siendo la misma pero su crecimiento resulta exponencial… ya no se congela el planeta como -de todos es sabido- ocurrió según anunciaban los supuestos expertos y el coro mediático que les suele acompañar durante las décadas de los 70 y 80 (…), pero ahora nos vemos encaminados, sin el más mínimo atizbo de suerte alguna, hacia el precipicio de la desertización y, con ello, otras muchas catástrofes en cadena ocasionadas, cómo no, por la mano del hombre.
Sin ánimo de tomar partido, resulta cuando menos interesante (y saludable) examinar voces disonantes y versiones distintas sobre el fenómeno que, según se comenta, acabrá con cualquier forma de vida y no dejará vestigio alguno de nuestra especie en este planeta, quizás, de forma inminente.
Sea como fuere, si nuestra especie y todas las formas conocidas de vida tienen los días contados, afortunadamente, los citados premios fueron entregados a tiempo… las historia quizás no perdone a la humanidad por su rastro de desolación y destrucción en nuestro planeta pero, por suerte, se pusieron las medallas correspondientes en el momento indicado.
Colombia: ¿la frivolidad de la tragedia, o la tragedia de la frivolidad?
Sunday, 9 de September de 2007

Hace tan sólo unas semanas me estrellé lamentablemente con la desgraciada noticia de que en el país que me vio nacer, Colombia, una supuesta guerrilla desprestigiada, descerebrada, desmotivada, desvencijada, destartalada, desalmada, descorazonada y, a pesar de todo ello, muy bien armada, convertidos en meros guardianes del narcotráfico en formato de pistoleros y criminales a sueldo, había eliminado de cuajo mediante un auténtico aluvión de disparos apuntados valientemente hacia los cerebros y a los órganos vitales de once personas atadas e indefensas, que ejercían como concejales del Departamento del Valle, tras retenerles durante cinco años de secuestro y someterles a todo tipo de violaciones a sus Derechos Humanos -que se dice rápido-, sin mediar más palabra ni más razón que la de no cosechar el protagonismo que consideran merecer en la cotidianeidad del país al que mantienen sometido y desangrado desde hace más de setenta años, tratando de forzar y negociar la materialización de un supuesto y mal llamado “canje” de ciudadanos secuestrados ilegítimamente por su parte a cambio de otorgarles la libertad forzosa a los individuos que se les imputa todo tipo y todo color de crímenes, detenidos por las autoridades constitucionales de aquel Estado en las cárceles de aquel país en ejercicio de la soberanía que el pueblo ha confiado a sus gobernantes.
Según esto, parece cada vez más claro que mientras el Gobierno actual en Colombia no decida dar por roto el orden constitucional y el mandato legal que ha comprometido bajo juramento a cambio de la libertad de sus secuestrados, aquél rebaño de criminales y hampones no dejará de masacrar a la población que dicen representar, según puede deducirse del mensaje contundente enviado por los cañones de sus armas…
Hoy, pasados tan sólo dos meses y pocos días de publicarse la noticia de aquella matanza, los colombianos tenemos la “privilegiada” oportunidad de ver como se nos presentan a los ojos los once cuerpos descompuestos de los fallecidos al mismo tiempo que los cómplices y coristas extranjeros de la banda terrorista se alzan como los Mesías de la que es nuestra patria desde siempre y el que es nuestro conflicto desde hace siete décadas, en lo que bien podría ser un caso notorio de complicidad con la violación de los Derechos Humanos y el evidente rompimiento de los Tratados Internacionales sobre Soberanía y Conflictos Armados que, según parece, nadie se atreve a denunciar ante los Tribunales Supranacionales, la Corte Penal Internacional o el órgano burocrático de turno, títere de defensa de los derechos humanos… Nadie habla, y nadie protesta pero Colombia sigue a la deriva, esta vez con el gorila al timón.
¡Cómo hemos mejorado, camarada!
Cabe admitir que ni la cifra de muertos, ni a respuesta ciudadana consiguieron conmoverme pues tanto de lo uno, como de lo otro, ya estamos tristemente acostumbrados y vacunados los ciudadanos colombianos dado que tenemos la poca fortuna de asistir tanto a la canallada del crimen como a la insensatez de la opinión pública (¿cuál puede ser peor?). Por desgracia conocemos todas las caras del desconcierto y es, precisamente, por ello que jamás durante las próximas cuatro o cinco generaciones conozcamos a una Colombia verdaderamente hastiada del crimen pues ello, desafortunadamente, forma hoy parte de nuestra idioscincracia y lo que nos parece un crimen atroz hoy, mañana podría parecernos un reclamo legítimo por parte de un grupo de reprimidos.
Quizás no exista una comunión social con el crimen pero existe, sin lugar a dudas, una comunión con el silencio, echar la mirada hacia otro lado y un matrimonio indisoluble con la indiferencia; aunque probablemente, lo más desgarrador es que exista una frivolidad tan manifiesta que, en un país como Colombia, resulta imperdonable. Triste es reconocerlo, pero más triste es presenciarlo. Intentaré explicarlo en las siguientes líneas.
Pasados muy pocos días del atroz crimen que nos ocupa, ciertamente una violación de todos los convenios internacionales sobre conflictos armados, y tras las veinticinco mil velas de turno encendidas en la Plaza de Bolívar en el corazón de la capital del país, eso sí, patrocinadas por el operador de telefonía móvil correspondiente, aterrizó en aquel país un conocido chamán llamado a resolver todas las desgracias humanas y divinas (…al menos hasta su próxima visita) no sin mediar el jugoso cheque, puesto que sus magias, sus conjuros, sus bendiciones y sus indulgencias valían su peso en oro y él no estaba dispuesto a donarlas gratuitamente a las familias de los fallecidos ni mucho menos a la que ya es una infinidad de desplazados por causa de la violencia asumiendo que, seguramente, sus indulgencias y bendiciones serían más que suficientes para curar el dolor de los familiares de las víctimas y todo aquel inmerso en la epopeya que ahoga aquel rincón del planeta en su propia sangre.
Nadie podría quejarse por haber recibido demasiado poco ya que sus milagros y paliativos en formas de rezos y santerías de todos los tintes obrarían de forma más que satisfactoria, al menos, hasta su próxima visita. Casi tanto como infinito era el número de individuos que asistían a sus charlas y brujerías varias mientras que el país de desgarraba en esos días de dolor, como se viene desgarrando desde hace más de tres cuartos de siglo (maldita costumbre de los libros de historia y lo periódicos nacionales como extranjeros de afirmar siempre que Colombia lleva cuarenta años de guerra civil, cuando el sometimiento suma ya no menos de setenta años hasta hoy).
La cuestión es que en el día que se redactan estas líneas (2007.09.09), llevamos sólo una semana llorando el fallecimiento de diez soldados colombianos en combates con las guerrillas, o el hampa de siempre -que es lo mismo-, en la frontera que separa al Departamento del Tolima con el Departamento del Quindío y no se ve a nadie en su sano juicio que saque al aire sus veintiséis, sus veintiséis mil, o sus veintiséis millones de velas en la Plaza de Bolívar de Bogotá, ni mucho menos se llama urgentemente al chamán de turno para que salve de manera inmediata el barco de la nación antes de su inminente hundimiento ni mucho menos se le levanta una carpa-homenaje a un individuo que hace una maratón que, casi a diario, hacen miles de atletas en todo el mundo… no.
En cambio hoy contamos, al menos aparentemente, con el brillante criterio y el apoyo salvador del gorila poderoso del hemisferio capaz de casi cualquier cosa, como por ejemplo de ser el interlocutor extraoficial extranjero de una banda criminal inscrita en las agrupaciones terroristas condenadas por igual tanto por la Organización de las Naciones Unidas como por la Unión Europea. Y nadie dice nada, ni se ven personas caminando cientos de kilómetros, ni se ve una sola vela en las calles colombianas… ni una sola denuncia ante las Cortes Penales Internacionales. Eso sí: todo el mundo haciendole el coro al gorila disfrazado, esperando de él las indulgencias que ni el chamán ni el caminante infinito pudieron otorgar…
Hoy en Colombia no merece la pena reclamo alguno, protesta, denuncia, rebelión, asonada, revuelta ni mucho menos. Hoy es un día de silencio y de indiferencia. Otro día de entrega de cuerpos y de lágrimas de sus familiares mientras la sociedad sigue esperando a que termine rápidamente para que mañana vuelva a empezar el ruido normal como si la noche actuase de bálsamo amnésico en la consciencia colectiva. Y la banda de asesinos: a lo suyo. Mientras que el resto de la población, también; a lo suyo. Todos a lo suyo… ¿y lo demás? ¡Bueh! Malos pensamientos.
¿A quién importa?
Eso sí: “que no mueran los once, doce, trece, o catorce concejales, corruptos y no corruptos, del Valle, ya que el día de mañana podrían ayudarme a salir adelante o a sacar adelante al hijo fracasado que tengo encerrado en casa, porque entonces me veré obligado a salir a la calle y clavar veintiséis mil velas en el parque de turno mientras que llega el chamán a darme la bendición, el caminante a darme su mano redentora y el gorila a otorgarme la ansiada paz que sólo él puede darme. Soy tan bueno que me la merezco. Sin duda.”
Las lágrimas no permiten seguir escribiendo; y tampoco merece la pena… Ojala descansen en paz los humillados y asesinados en manos de la pandilla de interdictos, y que recuperen el sosiego los vivos cuanto antes como los secuestrados su libertad de inmediato.
Espero ver mañana, pasado mañana o en algún momento de esta semana o lo que queda del mes que comienza al menos una, o dos, o cuatro o seis velas en los periódicos. No hacen falta veintiséis ni veintiséis mil, un chamán o un gorila rojo. Si no las viera, estaré obligado a darlo todo por perdido de forma irresoluble.
Estaré pendiente, para mi tristeza. :(
Digital Strangelove (or How I Learned To Stop Worrying And Love The Internet)
Saturday, 31 de October de 2009
WIRED Magazine:
« Inconvenient Truths: Get Ready to Rethink What It Means to Be Green »
Wednesday, 18 de June de 2008
Según parece, el ser "verde" o presumir de "ambientalista" cotiza a la baja y va consolidándose, cada día que pasa, más como el resultado del ejercicio continuado del sentido común, antes que el equivocado agit-prop ecologista que todavía se empeñan en vendernos algunos marginales afanados por disfrutar cuanto antes de sus 15 minutos de fama, al tenor de lo demostrado por el interesante análisis que nos brinda la revista WIRED, firmado impecablemente el 19 de Mayo de 2008: «Inconvenient Truths: Get Ready to Rethink What It Means to Be Green». Algo que, por otro lado, ya se venía asegurando estoicamente por algunos outsiders del dogma de fe del cambio climático, incluyendo al mismo Patrick Moore, miembro co-fundador de Greenpeace y una de las voces más críticas que se ha alzado en los últimos años contra la propaganda para la que se utilizan dicha Organización y el citado fenómeno medioambiental.
Básicamente las tesis sobre las que se funda aquel famoso dogma de fe, apuntan inequívocamente a que existe un cambio brusco y anormal en el comportamiento del clima durante las últimas décadas, que está siendo alimentado por la acumulación de cierto tipo de gases en la atmósfera que favorecen a su vez el llamado “efecto invernadero” (…por cierto: todas estas siguen siendo cuestiones de dudosísima veracidad, puestas en tela de juicio por nombres altamente reputados dentro del entorno científico y socioeconómico — al final, ¿qué sería de la ciencia sin la duda?) y que, además, el único culpable todopoderoso de esta tragedia sea el ser humano, o mejor dicho, la funesta consecuencia del impacto de la implantación del modelo capitalista sobre el medio ambiente. Sencillamente, todo el que piense lo contrario o formule siquiera una mínima duda a este planteamiento, puede ser considerado un blasfemo del sigo XXI y condenado a cicuta o destierro.
Si todo lo anterior fuera cierto, tajantemente, no quedaría más remedio que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por el hombre. Es decir: cambiar el establishment tal y como se viene intentando, a veces discretamente, a veces descaradamente. En este escenario la verdad parece absoluta y sin lugar a dudas: todo lo que emita poco más o poco menos CO2 deberá ser reducido a mínimos, cuando no aislado de forma definitiva sin derecho a réplica, afectando con ello la producción de las grandes (y las pequeñas) factorías, el aprovechamiento y la utilización de los recursos naturales, la ingeniería genética y el modelo de vida urbana que se ha venido perfeccionado a lo largo de los últimos siglos en las sociedades civilizadas, entre otros innegables avances.
Pues bien, ahora empiezan a aflorar voces, estudios y ensayos de la más contrastada credibilidad, que demuestran cómo no todo resulta tan absoluto como los interesados y su entorno mediático han estado repitiendo sin parar durante los últimos dos lustros, para que la farza se convierta en realidad a fuerza de repetición… otra cosa será que el famoso CO2 tenga o no tenga nada que ver con el problema, y que sea precisamente el desarrollo del hombre el único culpable; eso está todavía pendiente de confirmar.
Sencillamente, el intento por mitigar el impacto que se produce como resultado de nuestro periplo vital en el planeta que nos acoge no parece ser una cuestión de aparentar ser ecológicamente amigable con nuestro entorno para estar a la última, al uso de histéricas manifestaciones antisistema más propias de cavernícolas poseídos, o disfrazarse de gorila anti-gillete enarbolando ferozmente la lucha contra el agua y el jabón, sino que, más bien, es una cuestión de serlo día tras día, poniendo en práctica pequeñas acciones al alcance de todos en el mundo real y apoyando planteamientos socioeconómicos sostenibles, que algunos todavía insisten en tachar de perjudiciales cuando cada día que pasa pierden un poco más de su obstinada razón… o sinrazón.
Algo para lo cual las corrientes del pensamiento dogmático más radical no están preparadas. Nosotros, los demás, afortunadamente llevamos ya varios años de ventaja ;)
Según parece, el ser "verde" o presumir de "ambientalista" cotiza a la baja y va consolidándose, cada día que pasa, más como el resultado del ejercicio continuado del sentido común, antes que el equivocado agit-prop ecologista que todavía se empeñan en vendernos algunos marginales afanados por disfrutar cuanto antes de sus 15 minutos de fama, al tenor de lo demostrado por el interesante análisis que nos brinda la revista WIRED, firmado impecablemente el 19 de Mayo de 2008: «Inconvenient Truths: Get Ready to Rethink What It Means to Be Green». Algo que, por otro lado, ya se venía asegurando estoicamente por algunos outsiders del dogma de fe del cambio climático, incluyendo al mismo Patrick Moore, miembro co-fundador de Greenpeace y una de las voces más críticas que se ha alzado en los últimos años contra la propaganda para la que se utilizan dicha Organización y el citado fenómeno medioambiental.
Básicamente las tesis sobre las que se funda aquel famoso dogma de fe, apuntan inequívocamente a que existe un cambio brusco y anormal en el comportamiento del clima durante las últimas décadas, que está siendo alimentado por la acumulación de cierto tipo de gases en la atmósfera que favorecen a su vez el llamado “efecto invernadero” (…por cierto: todas estas siguen siendo cuestiones de dudosísima veracidad, puestas en tela de juicio por nombres altamente reputados dentro del entorno científico y socioeconómico — al final, ¿qué sería de la ciencia sin la duda?) y que, además, el único culpable todopoderoso de esta tragedia sea el ser humano, o mejor dicho, la funesta consecuencia del impacto de la implantación del modelo capitalista sobre el medio ambiente. Sencillamente, todo el que piense lo contrario o formule siquiera una mínima duda a este planteamiento, puede ser considerado un blasfemo del sigo XXI y condenado a cicuta o destierro.
Si todo lo anterior fuera cierto, tajantemente, no quedaría más remedio que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por el hombre. Es decir: cambiar el establishment tal y como se viene intentando, a veces discretamente, a veces descaradamente. En este escenario la verdad parece absoluta y sin lugar a dudas: todo lo que emita poco más o poco menos CO2 deberá ser reducido a mínimos, cuando no aislado de forma definitiva sin derecho a réplica, afectando con ello la producción de las grandes (y las pequeñas) factorías, el aprovechamiento y la utilización de los recursos naturales, la ingeniería genética y el modelo de vida urbana que se ha venido perfeccionado a lo largo de los últimos siglos en las sociedades civilizadas, entre otros innegables avances.
Pues bien, ahora empiezan a aflorar voces, estudios y ensayos de la más contrastada credibilidad, que demuestran cómo no todo resulta tan absoluto como los interesados y su entorno mediático han estado repitiendo sin parar durante los últimos dos lustros, para que la farza se convierta en realidad a fuerza de repetición… otra cosa será que el famoso CO2 tenga o no tenga nada que ver con el problema, y que sea precisamente el desarrollo del hombre el único culpable; eso está todavía pendiente de confirmar.
Sencillamente, el intento por mitigar el impacto que se produce como resultado de nuestro periplo vital en el planeta que nos acoge no parece ser una cuestión de aparentar ser ecológicamente amigable con nuestro entorno para estar a la última, al uso de histéricas manifestaciones antisistema más propias de cavernícolas poseídos, o disfrazarse de gorila anti-gillete enarbolando ferozmente la lucha contra el agua y el jabón, sino que, más bien, es una cuestión de serlo día tras día, poniendo en práctica pequeñas acciones al alcance de todos en el mundo real y apoyando planteamientos socioeconómicos sostenibles, que algunos todavía insisten en tachar de perjudiciales cuando cada día que pasa pierden un poco más de su obstinada razón… o sinrazón.
Algo para lo cual las corrientes del pensamiento dogmático más radical no están preparadas. Nosotros, los demás, afortunadamente llevamos ya varios años de ventaja ;)
“It’s a shame”.
Wednesday, 2 de January de 2008
Es una vergüenza“, fueron las palabras que espetó escuetamente el señor Oliver Stone en su idioma cuando se dió por enterado (o cuando, seguramente, algún alma caritativa que se había enterado mucho antes que él, tuvo la gentileza de avisarle que no siguiera haciendo el ridículo…), del final de la patraña terrorista con la que se había obsesionado don Hugo Chávez y su extenso séquito de reputados estómagos agradecidos, quienes pretendían acabar el año 2007 brindando en el nombre de lo que hubiera sido, sin duda, el más estruendoso fracaso de la democracia y las instituciones colombianas, disfrazándole como un sonado éxito de las libertades en Latinoamérica. Decía el personaje en cuestión que la supuesta interferencia por parte del Gobierno de Colombia en la humillación, con máscara de negociación política, ante los criminales era a su juicio, simplemente, una vergüenza.
Pero probablemente no había nada más disonante con el barniz de mérito con el que se estaba almibarando toda esta pantomima, señor Stone: la genuflexión es un gesto de humildad reservado para su demostración ante las deidades, que jamás ha de convertirse en un símbolo de humillación hacia el crimen ni de sometimiento por parte de algunos ante las bajezas más primitivas de otros mortales. Ello enaltece al asesino al mismo tiempo que degrada a toda la humanidad que se precie vivir en libertad.
Lo que ha estado aconteciendo durante los últimos estertores del año 2007 en el, todavía, territorio colombiano (y sus linderos), debería parecer vergonzoso a todos quienes llevamos el pasaporte de aquella Nación, y a todos aquellos que todavía conserven siquiera una pizca de dignidad en este poluto planeta. La propaganda de la extorsión y la apología del crimen organizado a la que hemos asistido entre los días 10 de diciembre de 2007 y 1 de enero de 2008 es, como mínimo, ruborizante, reprochable y vergonzante para quienes que se precian de vivir en un entorno libre, de la misma manera que se les llena la boca al prodigarse hablando de democracia, igualdad y la justicia en occidente. Es, sin lugar a dudas, escandaloso el que un grupo narcoterrorista, con remotísimos (y hoy completamente olvidados) orígenes en el comunismo caduco de principios de siglo XX, se presente ahora como los salvadores de la Patria, en Colombia. Un país que lleva más o menos 75 años desangrándose por su propia culpa, padeciéndoles, sin que nada ni nadie haga nada por remediarlo… hasta ahora.
Suena estúpido, pero no lo es. Es Macondo: casi cualquier cosa puede pasar por ridículo que parezca. Y, aunque pareciera ridículo, tampoco lo es. Es Colombia, la cuna del realismo mágico.
Mientras la comunidad internacional ha pasado de perfil durante décadas, tratando de salvar innumerables causas perdidas —resulta paradójico, e incluso lagrimante, el hecho de que el mundo lleve ya demasiados lustros mirando a otro lado cuando se hable conflicto colombiano, pues es éste el mismo conflicto que alimenta más de las dos terceras partes del tráfico de drogas en el planeta y que, tan sólo desde 1985, arroja la estremecedora cifra de casi cien mil muertos, poco menos de seis mil desaparecidos y más de cuatro millones de desplazados por causa de cualquier forma de extorsión y violencia derivados de la desgracia que nos ocupa—, aquel país se ha estado desangrando lenta pero constantemente por la misma culpa de los que hoy aparecen en los medios del mundo entero haciendo la propaganda del “terrorismo bueno” a cambio de la instalación de un régimen pseudo-cubano en Colombia y Latinoamérica entera contando con el, tan inesperado como desafortunado, aval de nobles naciones y embaucadores de dudosa trayectoria. En definitiva, una máscara de oxígeno para un cuartel de terroristas y asesinos colombianos que casi se encontraban a punto de la rendición absoluta hace tan sólo unas pocas semanas o pocos meses, a lo sumo.
No se sabe muy bien qué resulta peor cuando se asiste a este triste episodio: si ser testigo de cómo Colombia deriva en esta vorágine desastrosa que le llevará, sin lugar a dudas, a la más profunda de sus crisis dentro de no mucho tiempo en caso de no actuar oportunamente y reencausar el curso, o si el contemplar cómo las naciones amigas y desarrolladas (o que se precian tanto de lo uno como de lo otro),
no terminan de hacer nada por denunciar, perseguir y castigar internacionalmente a los mismos criminales que llevan más de medio siglo extorsionándonos, secuestrándonos, matándonos, desplazándonos y sometiéndonos a todo tipo de vejámenes a cambio de su tranquilidad para proteger un negocio de droga, mafia y crimen muy bien organizados.
Es lamentable ver cómo un país con unos poderes elegidos y constituidos democráticamente dentro del marco constitucional, aprobado por voluntad directa del pueblo, constituyente primario en 1991, la que muy seguramente sea la democracia más sólida durante los últimos 200 años de la parte hipanoparlante del continente americano, se encuentre hoy a la merced de las bendiciones o condenas que haga públicas un grupo terrorista, un vecino dictador de iure y una corte de despojos agradecidos rescatados de la política, las artes y otras escombreras varias. Todo esto aderezado, desgraciadamente, con el dolor de los familiares de secuestrados en manos de los criminales que hoy se venden como víctimas de sus propios atropellos… Desgraciadamente en tanto ha dejado de ser un dolor íntimo y familiar para convertirse en una propaganda política que trasciende su ámbito más privado, transformándose en un asunto de Estado que favorece los intereses electoralistas de según quién convenga.
No se aprecia el que la mayor parte de las cerca de cinco mil familias afectadas por el secuestro de sus familiares a manos de los asesinos que hoy transigen con los señores Chávez, Stone y Kirchner, en algunos casos desaparecidos desde hace ya décadas, se manifiesten ni se pronuncien, ni que se pongan en contacto con el parlamentario corrupto, o el títere extranjero de turno como lo han estado haciendo durante los últimos años los familiares de reputados desaparecidos que, en vez de pensar en la nación que dicen representar y su soberanía, prefieren actuar en algunos casos sin el más mínimo pudor en nombre de sus intereses particulares, pues el día que sus familiares recuperen su libertad,
muy seguramente, optarán por el asilo político o la representación diplomática en algún país industrializado en donde poder cultivar a sus hijos en letras e idiomas, mientras que la tragedia de los que sigan secuestrados en Macondo perdurará hasta más allá del olvido.
Mientras que en Colombia hay más de cinco mil desaparecidos por causa del conflicto criminal que la azota, sólo se negocia la libertad (con suerte) de cuarenta y seis de ellos, a cambio de liberar a un número aún indeterminado de hampones, criminales, asesinos, terroristas y narcotraficantes de la más miserable calaña, plagando con ello las calles de las ciudades colombianas de sujetos que, dudosamente, habrán de reinsertarse en la misma sociedad civil a la que le apuntaban con sus armas tan sólo unos días antes… o probablemente terminen por cubrir las vacantes en las más reconocidas Universidades francesas, como se ha ofrecido recientemente por parte del gobierno galo en su plan de acogida ofrecido a Monsieur Marulanda, en alocución directa desde el Elíseo a los campamentos del crimen organizado en las selvas colombianas.
Y pasarán otros 75 años, solos…
Si señor Stone, al final va usted a tener razón: todo esto es una vergüenza.
Es una vergüenza“, fueron las palabras que espetó escuetamente el señor Oliver Stone en su idioma cuando se dió por enterado (o cuando, seguramente, algún alma caritativa que se había enterado mucho antes que él, tuvo la gentileza de avisarle que no siguiera haciendo el ridículo…), del final de la patraña terrorista con la que se había obsesionado don Hugo Chávez y su extenso séquito de reputados estómagos agradecidos, quienes pretendían acabar el año 2007 brindando en el nombre de lo que hubiera sido, sin duda, el más estruendoso fracaso de la democracia y las instituciones colombianas, disfrazándole como un sonado éxito de las libertades en Latinoamérica. Decía el personaje en cuestión que la supuesta interferencia por parte del Gobierno de Colombia en la humillación, con máscara de negociación política, ante los criminales era a su juicio, simplemente, una vergüenza.
Pero probablemente no había nada más disonante con el barniz de mérito con el que se estaba almibarando toda esta pantomima, señor Stone: la genuflexión es un gesto de humildad reservado para su demostración ante las deidades, que jamás ha de convertirse en un símbolo de humillación hacia el crimen ni de sometimiento por parte de algunos ante las bajezas más primitivas de otros mortales. Ello enaltece al asesino al mismo tiempo que degrada a toda la humanidad que se precie vivir en libertad.
Lo que ha estado aconteciendo durante los últimos estertores del año 2007 en el, todavía, territorio colombiano (y sus linderos), debería parecer vergonzoso a todos quienes llevamos el pasaporte de aquella Nación, y a todos aquellos que todavía conserven siquiera una pizca de dignidad en este poluto planeta. La propaganda de la extorsión y la apología del crimen organizado a la que hemos asistido entre los días 10 de diciembre de 2007 y 1 de enero de 2008 es, como mínimo, ruborizante, reprochable y vergonzante para quienes que se precian de vivir en un entorno libre, de la misma manera que se les llena la boca al prodigarse hablando de democracia, igualdad y la justicia en occidente. Es, sin lugar a dudas, escandaloso el que un grupo narcoterrorista, con remotísimos (y hoy completamente olvidados) orígenes en el comunismo caduco de principios de siglo XX, se presente ahora como los salvadores de la Patria, en Colombia. Un país que lleva más o menos 75 años desangrándose por su propia culpa, padeciéndoles, sin que nada ni nadie haga nada por remediarlo… hasta ahora.
Suena estúpido, pero no lo es. Es Macondo: casi cualquier cosa puede pasar por ridículo que parezca. Y, aunque pareciera ridículo, tampoco lo es. Es Colombia, la cuna del realismo mágico.
Mientras la comunidad internacional ha pasado de perfil durante décadas, tratando de salvar innumerables causas perdidas —resulta paradójico, e incluso lagrimante, el hecho de que el mundo lleve ya demasiados lustros mirando a otro lado cuando se hable conflicto colombiano, pues es éste el mismo conflicto que alimenta más de las dos terceras partes del tráfico de drogas en el planeta y que, tan sólo desde 1985, arroja la estremecedora cifra de casi cien mil muertos, poco menos de seis mil desaparecidos y más de cuatro millones de desplazados por causa de cualquier forma de extorsión y violencia derivados de la desgracia que nos ocupa—, aquel país se ha estado desangrando lenta pero constantemente por la misma culpa de los que hoy aparecen en los medios del mundo entero haciendo la propaganda del “terrorismo bueno” a cambio de la instalación de un régimen pseudo-cubano en Colombia y Latinoamérica entera contando con el, tan inesperado como desafortunado, aval de nobles naciones y embaucadores de dudosa trayectoria. En definitiva, una máscara de oxígeno para un cuartel de terroristas y asesinos colombianos que casi se encontraban a punto de la rendición absoluta hace tan sólo unas pocas semanas o pocos meses, a lo sumo.
No se sabe muy bien qué resulta peor cuando se asiste a este triste episodio: si ser testigo de cómo Colombia deriva en esta vorágine desastrosa que le llevará, sin lugar a dudas, a la más profunda de sus crisis dentro de no mucho tiempo en caso de no actuar oportunamente y reencausar el curso, o si el contemplar cómo las naciones amigas y desarrolladas (o que se precian tanto de lo uno como de lo otro),
no terminan de hacer nada por denunciar, perseguir y castigar internacionalmente a los mismos criminales que llevan más de medio siglo extorsionándonos, secuestrándonos, matándonos, desplazándonos y sometiéndonos a todo tipo de vejámenes a cambio de su tranquilidad para proteger un negocio de droga, mafia y crimen muy bien organizados.
Es lamentable ver cómo un país con unos poderes elegidos y constituidos democráticamente dentro del marco constitucional, aprobado por voluntad directa del pueblo, constituyente primario en 1991, la que muy seguramente sea la democracia más sólida durante los últimos 200 años de la parte hipanoparlante del continente americano, se encuentre hoy a la merced de las bendiciones o condenas que haga públicas un grupo terrorista, un vecino dictador de iure y una corte de despojos agradecidos rescatados de la política, las artes y otras escombreras varias. Todo esto aderezado, desgraciadamente, con el dolor de los familiares de secuestrados en manos de los criminales que hoy se venden como víctimas de sus propios atropellos… Desgraciadamente en tanto ha dejado de ser un dolor íntimo y familiar para convertirse en una propaganda política que trasciende su ámbito más privado, transformándose en un asunto de Estado que favorece los intereses electoralistas de según quién convenga.
No se aprecia el que la mayor parte de las cerca de cinco mil familias afectadas por el secuestro de sus familiares a manos de los asesinos que hoy transigen con los señores Chávez, Stone y Kirchner, en algunos casos desaparecidos desde hace ya décadas, se manifiesten ni se pronuncien, ni que se pongan en contacto con el parlamentario corrupto, o el títere extranjero de turno como lo han estado haciendo durante los últimos años los familiares de reputados desaparecidos que, en vez de pensar en la nación que dicen representar y su soberanía, prefieren actuar en algunos casos sin el más mínimo pudor en nombre de sus intereses particulares, pues el día que sus familiares recuperen su libertad,
muy seguramente, optarán por el asilo político o la representación diplomática en algún país industrializado en donde poder cultivar a sus hijos en letras e idiomas, mientras que la tragedia de los que sigan secuestrados en Macondo perdurará hasta más allá del olvido.
Mientras que en Colombia hay más de cinco mil desaparecidos por causa del conflicto criminal que la azota, sólo se negocia la libertad (con suerte) de cuarenta y seis de ellos, a cambio de liberar a un número aún indeterminado de hampones, criminales, asesinos, terroristas y narcotraficantes de la más miserable calaña, plagando con ello las calles de las ciudades colombianas de sujetos que, dudosamente, habrán de reinsertarse en la misma sociedad civil a la que le apuntaban con sus armas tan sólo unos días antes… o probablemente terminen por cubrir las vacantes en las más reconocidas Universidades francesas, como se ha ofrecido recientemente por parte del gobierno galo en su plan de acogida ofrecido a Monsieur Marulanda, en alocución directa desde el Elíseo a los campamentos del crimen organizado en las selvas colombianas.
Y pasarán otros 75 años, solos…
Si señor Stone, al final va usted a tener razón: todo esto es una vergüenza.
Reflexiones políticamente incorrectas con ocasión de los Premios Nobel de la Paz y Príncipe de Asturias sobre Cooperación Internacional de 2007
Sunday, 14 de October de 2007
The Great Global Warming Swindle
Channel 4, United Kingdom – 2007
Global Warming or Global Governance?
Sovereignty International Environmental Perspectives, Inc – 2007
Exposed: the Climate of Fear
CNN Headline News – 2007
Global Warming Doomsday Called Off
CBC, Canada – 2004
The Greenhouse Conspiracy
Channel 4, United Kingdom – 1990
Parece que, según pasan los años, la mentira sigue siendo la misma pero su crecimiento resulta exponencial… ya no se congela el planeta como -de todos es sabido- ocurrió según anunciaban los supuestos expertos y el coro mediático que les suele acompañar durante las décadas de los 70 y 80 (…), pero ahora nos vemos encaminados, sin el más mínimo atizbo de suerte alguna, hacia el precipicio de la desertización y, con ello, otras muchas catástrofes en cadena ocasionadas, cómo no, por la mano del hombre.
Sin ánimo de tomar partido, resulta cuando menos interesante (y saludable) examinar voces disonantes y versiones distintas sobre el fenómeno que, según se comenta, acabrá con cualquier forma de vida y no dejará vestigio alguno de nuestra especie en este planeta, quizás, de forma inminente.
Sea como fuere, si nuestra especie y todas las formas conocidas de vida tienen los días contados, afortunadamente, los citados premios fueron entregados a tiempo… las historia quizás no perdone a la humanidad por su rastro de desolación y destrucción en nuestro planeta pero, por suerte, se pusieron las medallas correspondientes en el momento indicado.
The Great Global Warming Swindle
Channel 4, United Kingdom – 2007
Global Warming or Global Governance?
Sovereignty International Environmental Perspectives, Inc – 2007
Exposed: the Climate of Fear
CNN Headline News – 2007
Global Warming Doomsday Called Off
CBC, Canada – 2004
The Greenhouse Conspiracy
Channel 4, United Kingdom – 1990
Parece que, según pasan los años, la mentira sigue siendo la misma pero su crecimiento resulta exponencial… ya no se congela el planeta como -de todos es sabido- ocurrió según anunciaban los supuestos expertos y el coro mediático que les suele acompañar durante las décadas de los 70 y 80 (…), pero ahora nos vemos encaminados, sin el más mínimo atizbo de suerte alguna, hacia el precipicio de la desertización y, con ello, otras muchas catástrofes en cadena ocasionadas, cómo no, por la mano del hombre.
Sin ánimo de tomar partido, resulta cuando menos interesante (y saludable) examinar voces disonantes y versiones distintas sobre el fenómeno que, según se comenta, acabrá con cualquier forma de vida y no dejará vestigio alguno de nuestra especie en este planeta, quizás, de forma inminente.
Sea como fuere, si nuestra especie y todas las formas conocidas de vida tienen los días contados, afortunadamente, los citados premios fueron entregados a tiempo… las historia quizás no perdone a la humanidad por su rastro de desolación y destrucción en nuestro planeta pero, por suerte, se pusieron las medallas correspondientes en el momento indicado.
Colombia: ¿la frivolidad de la tragedia, o la tragedia de la frivolidad?
Sunday, 9 de September de 2007

Hace tan sólo unas semanas me estrellé lamentablemente con la desgraciada noticia de que en el país que me vio nacer, Colombia, una supuesta guerrilla desprestigiada, descerebrada, desmotivada, desvencijada, destartalada, desalmada, descorazonada y, a pesar de todo ello, muy bien armada, convertidos en meros guardianes del narcotráfico en formato de pistoleros y criminales a sueldo, había eliminado de cuajo mediante un auténtico aluvión de disparos apuntados valientemente hacia los cerebros y a los órganos vitales de once personas atadas e indefensas, que ejercían como concejales del Departamento del Valle, tras retenerles durante cinco años de secuestro y someterles a todo tipo de violaciones a sus Derechos Humanos -que se dice rápido-, sin mediar más palabra ni más razón que la de no cosechar el protagonismo que consideran merecer en la cotidianeidad del país al que mantienen sometido y desangrado desde hace más de setenta años, tratando de forzar y negociar la materialización de un supuesto y mal llamado “canje” de ciudadanos secuestrados ilegítimamente por su parte a cambio de otorgarles la libertad forzosa a los individuos que se les imputa todo tipo y todo color de crímenes, detenidos por las autoridades constitucionales de aquel Estado en las cárceles de aquel país en ejercicio de la soberanía que el pueblo ha confiado a sus gobernantes.
Según esto, parece cada vez más claro que mientras el Gobierno actual en Colombia no decida dar por roto el orden constitucional y el mandato legal que ha comprometido bajo juramento a cambio de la libertad de sus secuestrados, aquél rebaño de criminales y hampones no dejará de masacrar a la población que dicen representar, según puede deducirse del mensaje contundente enviado por los cañones de sus armas…
Hoy, pasados tan sólo dos meses y pocos días de publicarse la noticia de aquella matanza, los colombianos tenemos la “privilegiada” oportunidad de ver como se nos presentan a los ojos los once cuerpos descompuestos de los fallecidos al mismo tiempo que los cómplices y coristas extranjeros de la banda terrorista se alzan como los Mesías de la que es nuestra patria desde siempre y el que es nuestro conflicto desde hace siete décadas, en lo que bien podría ser un caso notorio de complicidad con la violación de los Derechos Humanos y el evidente rompimiento de los Tratados Internacionales sobre Soberanía y Conflictos Armados que, según parece, nadie se atreve a denunciar ante los Tribunales Supranacionales, la Corte Penal Internacional o el órgano burocrático de turno, títere de defensa de los derechos humanos… Nadie habla, y nadie protesta pero Colombia sigue a la deriva, esta vez con el gorila al timón.
¡Cómo hemos mejorado, camarada!
Cabe admitir que ni la cifra de muertos, ni a respuesta ciudadana consiguieron conmoverme pues tanto de lo uno, como de lo otro, ya estamos tristemente acostumbrados y vacunados los ciudadanos colombianos dado que tenemos la poca fortuna de asistir tanto a la canallada del crimen como a la insensatez de la opinión pública (¿cuál puede ser peor?). Por desgracia conocemos todas las caras del desconcierto y es, precisamente, por ello que jamás durante las próximas cuatro o cinco generaciones conozcamos a una Colombia verdaderamente hastiada del crimen pues ello, desafortunadamente, forma hoy parte de nuestra idioscincracia y lo que nos parece un crimen atroz hoy, mañana podría parecernos un reclamo legítimo por parte de un grupo de reprimidos.
Quizás no exista una comunión social con el crimen pero existe, sin lugar a dudas, una comunión con el silencio, echar la mirada hacia otro lado y un matrimonio indisoluble con la indiferencia; aunque probablemente, lo más desgarrador es que exista una frivolidad tan manifiesta que, en un país como Colombia, resulta imperdonable. Triste es reconocerlo, pero más triste es presenciarlo. Intentaré explicarlo en las siguientes líneas.
Pasados muy pocos días del atroz crimen que nos ocupa, ciertamente una violación de todos los convenios internacionales sobre conflictos armados, y tras las veinticinco mil velas de turno encendidas en la Plaza de Bolívar en el corazón de la capital del país, eso sí, patrocinadas por el operador de telefonía móvil correspondiente, aterrizó en aquel país un conocido chamán llamado a resolver todas las desgracias humanas y divinas (…al menos hasta su próxima visita) no sin mediar el jugoso cheque, puesto que sus magias, sus conjuros, sus bendiciones y sus indulgencias valían su peso en oro y él no estaba dispuesto a donarlas gratuitamente a las familias de los fallecidos ni mucho menos a la que ya es una infinidad de desplazados por causa de la violencia asumiendo que, seguramente, sus indulgencias y bendiciones serían más que suficientes para curar el dolor de los familiares de las víctimas y todo aquel inmerso en la epopeya que ahoga aquel rincón del planeta en su propia sangre.
Nadie podría quejarse por haber recibido demasiado poco ya que sus milagros y paliativos en formas de rezos y santerías de todos los tintes obrarían de forma más que satisfactoria, al menos, hasta su próxima visita. Casi tanto como infinito era el número de individuos que asistían a sus charlas y brujerías varias mientras que el país de desgarraba en esos días de dolor, como se viene desgarrando desde hace más de tres cuartos de siglo (maldita costumbre de los libros de historia y lo periódicos nacionales como extranjeros de afirmar siempre que Colombia lleva cuarenta años de guerra civil, cuando el sometimiento suma ya no menos de setenta años hasta hoy).
La cuestión es que en el día que se redactan estas líneas (2007.09.09), llevamos sólo una semana llorando el fallecimiento de diez soldados colombianos en combates con las guerrillas, o el hampa de siempre -que es lo mismo-, en la frontera que separa al Departamento del Tolima con el Departamento del Quindío y no se ve a nadie en su sano juicio que saque al aire sus veintiséis, sus veintiséis mil, o sus veintiséis millones de velas en la Plaza de Bolívar de Bogotá, ni mucho menos se llama urgentemente al chamán de turno para que salve de manera inmediata el barco de la nación antes de su inminente hundimiento ni mucho menos se le levanta una carpa-homenaje a un individuo que hace una maratón que, casi a diario, hacen miles de atletas en todo el mundo… no.
En cambio hoy contamos, al menos aparentemente, con el brillante criterio y el apoyo salvador del gorila poderoso del hemisferio capaz de casi cualquier cosa, como por ejemplo de ser el interlocutor extraoficial extranjero de una banda criminal inscrita en las agrupaciones terroristas condenadas por igual tanto por la Organización de las Naciones Unidas como por la Unión Europea. Y nadie dice nada, ni se ven personas caminando cientos de kilómetros, ni se ve una sola vela en las calles colombianas… ni una sola denuncia ante las Cortes Penales Internacionales. Eso sí: todo el mundo haciendole el coro al gorila disfrazado, esperando de él las indulgencias que ni el chamán ni el caminante infinito pudieron otorgar…
Hoy en Colombia no merece la pena reclamo alguno, protesta, denuncia, rebelión, asonada, revuelta ni mucho menos. Hoy es un día de silencio y de indiferencia. Otro día de entrega de cuerpos y de lágrimas de sus familiares mientras la sociedad sigue esperando a que termine rápidamente para que mañana vuelva a empezar el ruido normal como si la noche actuase de bálsamo amnésico en la consciencia colectiva. Y la banda de asesinos: a lo suyo. Mientras que el resto de la población, también; a lo suyo. Todos a lo suyo… ¿y lo demás? ¡Bueh! Malos pensamientos.
¿A quién importa?
Eso sí: “que no mueran los once, doce, trece, o catorce concejales, corruptos y no corruptos, del Valle, ya que el día de mañana podrían ayudarme a salir adelante o a sacar adelante al hijo fracasado que tengo encerrado en casa, porque entonces me veré obligado a salir a la calle y clavar veintiséis mil velas en el parque de turno mientras que llega el chamán a darme la bendición, el caminante a darme su mano redentora y el gorila a otorgarme la ansiada paz que sólo él puede darme. Soy tan bueno que me la merezco. Sin duda.”
Las lágrimas no permiten seguir escribiendo; y tampoco merece la pena… Ojala descansen en paz los humillados y asesinados en manos de la pandilla de interdictos, y que recuperen el sosiego los vivos cuanto antes como los secuestrados su libertad de inmediato.
Espero ver mañana, pasado mañana o en algún momento de esta semana o lo que queda del mes que comienza al menos una, o dos, o cuatro o seis velas en los periódicos. No hacen falta veintiséis ni veintiséis mil, un chamán o un gorila rojo. Si no las viera, estaré obligado a darlo todo por perdido de forma irresoluble.
Estaré pendiente, para mi tristeza. :(

Hace tan sólo unas semanas me estrellé lamentablemente con la desgraciada noticia de que en el país que me vio nacer, Colombia, una supuesta guerrilla desprestigiada, descerebrada, desmotivada, desvencijada, destartalada, desalmada, descorazonada y, a pesar de todo ello, muy bien armada, convertidos en meros guardianes del narcotráfico en formato de pistoleros y criminales a sueldo, había eliminado de cuajo mediante un auténtico aluvión de disparos apuntados valientemente hacia los cerebros y a los órganos vitales de once personas atadas e indefensas, que ejercían como concejales del Departamento del Valle, tras retenerles durante cinco años de secuestro y someterles a todo tipo de violaciones a sus Derechos Humanos -que se dice rápido-, sin mediar más palabra ni más razón que la de no cosechar el protagonismo que consideran merecer en la cotidianeidad del país al que mantienen sometido y desangrado desde hace más de setenta años, tratando de forzar y negociar la materialización de un supuesto y mal llamado “canje” de ciudadanos secuestrados ilegítimamente por su parte a cambio de otorgarles la libertad forzosa a los individuos que se les imputa todo tipo y todo color de crímenes, detenidos por las autoridades constitucionales de aquel Estado en las cárceles de aquel país en ejercicio de la soberanía que el pueblo ha confiado a sus gobernantes.
Según esto, parece cada vez más claro que mientras el Gobierno actual en Colombia no decida dar por roto el orden constitucional y el mandato legal que ha comprometido bajo juramento a cambio de la libertad de sus secuestrados, aquél rebaño de criminales y hampones no dejará de masacrar a la población que dicen representar, según puede deducirse del mensaje contundente enviado por los cañones de sus armas…
Hoy, pasados tan sólo dos meses y pocos días de publicarse la noticia de aquella matanza, los colombianos tenemos la “privilegiada” oportunidad de ver como se nos presentan a los ojos los once cuerpos descompuestos de los fallecidos al mismo tiempo que los cómplices y coristas extranjeros de la banda terrorista se alzan como los Mesías de la que es nuestra patria desde siempre y el que es nuestro conflicto desde hace siete décadas, en lo que bien podría ser un caso notorio de complicidad con la violación de los Derechos Humanos y el evidente rompimiento de los Tratados Internacionales sobre Soberanía y Conflictos Armados que, según parece, nadie se atreve a denunciar ante los Tribunales Supranacionales, la Corte Penal Internacional o el órgano burocrático de turno, títere de defensa de los derechos humanos… Nadie habla, y nadie protesta pero Colombia sigue a la deriva, esta vez con el gorila al timón.
¡Cómo hemos mejorado, camarada!
Cabe admitir que ni la cifra de muertos, ni a respuesta ciudadana consiguieron conmoverme pues tanto de lo uno, como de lo otro, ya estamos tristemente acostumbrados y vacunados los ciudadanos colombianos dado que tenemos la poca fortuna de asistir tanto a la canallada del crimen como a la insensatez de la opinión pública (¿cuál puede ser peor?). Por desgracia conocemos todas las caras del desconcierto y es, precisamente, por ello que jamás durante las próximas cuatro o cinco generaciones conozcamos a una Colombia verdaderamente hastiada del crimen pues ello, desafortunadamente, forma hoy parte de nuestra idioscincracia y lo que nos parece un crimen atroz hoy, mañana podría parecernos un reclamo legítimo por parte de un grupo de reprimidos.
Quizás no exista una comunión social con el crimen pero existe, sin lugar a dudas, una comunión con el silencio, echar la mirada hacia otro lado y un matrimonio indisoluble con la indiferencia; aunque probablemente, lo más desgarrador es que exista una frivolidad tan manifiesta que, en un país como Colombia, resulta imperdonable. Triste es reconocerlo, pero más triste es presenciarlo. Intentaré explicarlo en las siguientes líneas.
Pasados muy pocos días del atroz crimen que nos ocupa, ciertamente una violación de todos los convenios internacionales sobre conflictos armados, y tras las veinticinco mil velas de turno encendidas en la Plaza de Bolívar en el corazón de la capital del país, eso sí, patrocinadas por el operador de telefonía móvil correspondiente, aterrizó en aquel país un conocido chamán llamado a resolver todas las desgracias humanas y divinas (…al menos hasta su próxima visita) no sin mediar el jugoso cheque, puesto que sus magias, sus conjuros, sus bendiciones y sus indulgencias valían su peso en oro y él no estaba dispuesto a donarlas gratuitamente a las familias de los fallecidos ni mucho menos a la que ya es una infinidad de desplazados por causa de la violencia asumiendo que, seguramente, sus indulgencias y bendiciones serían más que suficientes para curar el dolor de los familiares de las víctimas y todo aquel inmerso en la epopeya que ahoga aquel rincón del planeta en su propia sangre.
Nadie podría quejarse por haber recibido demasiado poco ya que sus milagros y paliativos en formas de rezos y santerías de todos los tintes obrarían de forma más que satisfactoria, al menos, hasta su próxima visita. Casi tanto como infinito era el número de individuos que asistían a sus charlas y brujerías varias mientras que el país de desgarraba en esos días de dolor, como se viene desgarrando desde hace más de tres cuartos de siglo (maldita costumbre de los libros de historia y lo periódicos nacionales como extranjeros de afirmar siempre que Colombia lleva cuarenta años de guerra civil, cuando el sometimiento suma ya no menos de setenta años hasta hoy).
La cuestión es que en el día que se redactan estas líneas (2007.09.09), llevamos sólo una semana llorando el fallecimiento de diez soldados colombianos en combates con las guerrillas, o el hampa de siempre -que es lo mismo-, en la frontera que separa al Departamento del Tolima con el Departamento del Quindío y no se ve a nadie en su sano juicio que saque al aire sus veintiséis, sus veintiséis mil, o sus veintiséis millones de velas en la Plaza de Bolívar de Bogotá, ni mucho menos se llama urgentemente al chamán de turno para que salve de manera inmediata el barco de la nación antes de su inminente hundimiento ni mucho menos se le levanta una carpa-homenaje a un individuo que hace una maratón que, casi a diario, hacen miles de atletas en todo el mundo… no.
En cambio hoy contamos, al menos aparentemente, con el brillante criterio y el apoyo salvador del gorila poderoso del hemisferio capaz de casi cualquier cosa, como por ejemplo de ser el interlocutor extraoficial extranjero de una banda criminal inscrita en las agrupaciones terroristas condenadas por igual tanto por la Organización de las Naciones Unidas como por la Unión Europea. Y nadie dice nada, ni se ven personas caminando cientos de kilómetros, ni se ve una sola vela en las calles colombianas… ni una sola denuncia ante las Cortes Penales Internacionales. Eso sí: todo el mundo haciendole el coro al gorila disfrazado, esperando de él las indulgencias que ni el chamán ni el caminante infinito pudieron otorgar…
Hoy en Colombia no merece la pena reclamo alguno, protesta, denuncia, rebelión, asonada, revuelta ni mucho menos. Hoy es un día de silencio y de indiferencia. Otro día de entrega de cuerpos y de lágrimas de sus familiares mientras la sociedad sigue esperando a que termine rápidamente para que mañana vuelva a empezar el ruido normal como si la noche actuase de bálsamo amnésico en la consciencia colectiva. Y la banda de asesinos: a lo suyo. Mientras que el resto de la población, también; a lo suyo. Todos a lo suyo… ¿y lo demás? ¡Bueh! Malos pensamientos.
¿A quién importa?
Eso sí: “que no mueran los once, doce, trece, o catorce concejales, corruptos y no corruptos, del Valle, ya que el día de mañana podrían ayudarme a salir adelante o a sacar adelante al hijo fracasado que tengo encerrado en casa, porque entonces me veré obligado a salir a la calle y clavar veintiséis mil velas en el parque de turno mientras que llega el chamán a darme la bendición, el caminante a darme su mano redentora y el gorila a otorgarme la ansiada paz que sólo él puede darme. Soy tan bueno que me la merezco. Sin duda.”
Las lágrimas no permiten seguir escribiendo; y tampoco merece la pena… Ojala descansen en paz los humillados y asesinados en manos de la pandilla de interdictos, y que recuperen el sosiego los vivos cuanto antes como los secuestrados su libertad de inmediato.
Espero ver mañana, pasado mañana o en algún momento de esta semana o lo que queda del mes que comienza al menos una, o dos, o cuatro o seis velas en los periódicos. No hacen falta veintiséis ni veintiséis mil, un chamán o un gorila rojo. Si no las viera, estaré obligado a darlo todo por perdido de forma irresoluble.
Estaré pendiente, para mi tristeza. :(

