Es una vergüenza“, fueron las palabras que espetó escuetamente el señor Oliver Stone en su idioma cuando se dió por enterado (o cuando, seguramente, algún alma caritativa que se había enterado mucho antes que él, tuvo la gentileza de avisarle que no siguiera haciendo el ridículo…), del final de la patraña terrorista con la que se había obsesionado don Hugo Chávez y su extenso séquito de reputados estómagos agradecidos, quienes pretendían acabar el año 2007 brindando en el nombre de lo que hubiera sido, sin duda, el más estruendoso fracaso de la democracia y las instituciones colombianas, disfrazándole como un sonado éxito de las libertades en Latinoamérica. Decía el personaje en cuestión que la supuesta interferencia por parte del Gobierno de Colombia en la humillación, con máscara de negociación política, ante los criminales era a su juicio, simplemente, una vergüenza.
Pero probablemente no había nada más disonante con el barniz de mérito con el que se estaba almibarando toda esta pantomima, señor Stone: la genuflexión es un gesto de humildad reservado para su demostración ante las deidades, que jamás ha de convertirse en un símbolo de humillación hacia el crimen ni de sometimiento por parte de algunos ante las bajezas más primitivas de otros mortales. Ello enaltece al asesino al mismo tiempo que degrada a toda la humanidad que se precie vivir en libertad.
Lo que ha estado aconteciendo durante los últimos estertores del año 2007 en el, todavía, territorio colombiano (y sus linderos), debería parecer vergonzoso a todos quienes llevamos el pasaporte de aquella Nación, y a todos aquellos que todavía conserven siquiera una pizca de dignidad en este poluto planeta. La propaganda de la extorsión y la apología del crimen organizado a la que hemos asistido entre los días 10 de diciembre de 2007 y 1 de enero de 2008 es, como mínimo, ruborizante, reprochable y vergonzante para quienes que se precian de vivir en un entorno libre, de la misma manera que se les llena la boca al prodigarse hablando de democracia, igualdad y la justicia en occidente. Es, sin lugar a dudas, escandaloso el que un grupo narcoterrorista, con remotísimos (y hoy completamente olvidados) orígenes en el comunismo caduco de principios de siglo XX, se presente ahora como los salvadores de la Patria, en Colombia. Un país que lleva más o menos 75 años desangrándose por su propia culpa, padeciéndoles, sin que nada ni nadie haga nada por remediarlo… hasta ahora.
Suena estúpido, pero no lo es. Es Macondo: casi cualquier cosa puede pasar por ridículo que parezca. Y, aunque pareciera ridículo, tampoco lo es. Es Colombia, la cuna del realismo mágico.
Mientras la comunidad internacional ha pasado de perfil durante décadas, tratando de salvar innumerables causas perdidas —resulta paradójico, e incluso lagrimante, el hecho de que el mundo lleve ya demasiados lustros mirando a otro lado cuando se hable conflicto colombiano, pues es éste el mismo conflicto que alimenta más de las dos terceras partes del tráfico de drogas en el planeta y que, tan sólo desde 1985, arroja la estremecedora cifra de casi cien mil muertos, poco menos de seis mil desaparecidos y más de cuatro millones de desplazados por causa de cualquier forma de extorsión y violencia derivados de la desgracia que nos ocupa—, aquel país se ha estado desangrando lenta pero constantemente por la misma culpa de los que hoy aparecen en los medios del mundo entero haciendo la propaganda del “terrorismo bueno” a cambio de la instalación de un régimen pseudo-cubano en Colombia y Latinoamérica entera contando con el, tan inesperado como desafortunado, aval de nobles naciones y embaucadores de dudosa trayectoria. En definitiva, una máscara de oxígeno para un cuartel de terroristas y asesinos colombianos que casi se encontraban a punto de la rendición absoluta hace tan sólo unas pocas semanas o pocos meses, a lo sumo.
No se sabe muy bien qué resulta peor cuando se asiste a este triste episodio: si ser testigo de cómo Colombia deriva en esta vorágine desastrosa que le llevará, sin lugar a dudas, a la más profunda de sus crisis dentro de no mucho tiempo en caso de no actuar oportunamente y reencausar el curso, o si el contemplar cómo las naciones amigas y desarrolladas (o que se precian tanto de lo uno como de lo otro),
no terminan de hacer nada por denunciar, perseguir y castigar internacionalmente a los mismos criminales que llevan más de medio siglo extorsionándonos, secuestrándonos, matándonos, desplazándonos y sometiéndonos a todo tipo de vejámenes a cambio de su tranquilidad para proteger un negocio de droga, mafia y crimen muy bien organizados.
Es lamentable ver cómo un país con unos poderes elegidos y constituidos democráticamente dentro del marco constitucional, aprobado por voluntad directa del pueblo, constituyente primario en 1991, la que muy seguramente sea la democracia más sólida durante los últimos 200 años de la parte hipanoparlante del continente americano, se encuentre hoy a la merced de las bendiciones o condenas que haga públicas un grupo terrorista, un vecino dictador de iure y una corte de despojos agradecidos rescatados de la política, las artes y otras escombreras varias. Todo esto aderezado, desgraciadamente, con el dolor de los familiares de secuestrados en manos de los criminales que hoy se venden como víctimas de sus propios atropellos… Desgraciadamente en tanto ha dejado de ser un dolor íntimo y familiar para convertirse en una propaganda política que trasciende su ámbito más privado, transformándose en un asunto de Estado que favorece los intereses electoralistas de según quién convenga.
No se aprecia el que la mayor parte de las cerca de cinco mil familias afectadas por el secuestro de sus familiares a manos de los asesinos que hoy transigen con los señores Chávez, Stone y Kirchner, en algunos casos desaparecidos desde hace ya décadas, se manifiesten ni se pronuncien, ni que se pongan en contacto con el parlamentario corrupto, o el títere extranjero de turno como lo han estado haciendo durante los últimos años los familiares de reputados desaparecidos que, en vez de pensar en la nación que dicen representar y su soberanía, prefieren actuar en algunos casos sin el más mínimo pudor en nombre de sus intereses particulares, pues el día que sus familiares recuperen su libertad,
muy seguramente, optarán por el asilo político o la representación diplomática en algún país industrializado en donde poder cultivar a sus hijos en letras e idiomas, mientras que la tragedia de los que sigan secuestrados en Macondo perdurará hasta más allá del olvido.
Mientras que en Colombia hay más de cinco mil desaparecidos por causa del conflicto criminal que la azota, sólo se negocia la libertad (con suerte) de cuarenta y seis de ellos, a cambio de liberar a un número aún indeterminado de hampones, criminales, asesinos, terroristas y narcotraficantes de la más miserable calaña, plagando con ello las calles de las ciudades colombianas de sujetos que, dudosamente, habrán de reinsertarse en la misma sociedad civil a la que le apuntaban con sus armas tan sólo unos días antes… o probablemente terminen por cubrir las vacantes en las más reconocidas Universidades francesas, como se ha ofrecido recientemente por parte del gobierno galo en su plan de acogida ofrecido a Monsieur Marulanda, en alocución directa desde el Elíseo a los campamentos del crimen organizado en las selvas colombianas.
Y pasarán otros 75 años, solos…
Si señor Stone, al final va usted a tener razón: todo esto es una vergüenza.